martes, octubre 17, 2006

YA SÉ QUE ES MUY LARGO, PERO MERECE LA PENA.
No lo tienes que leer ahora, puede ser luego, tranquilitamente:

GANAR LA GRAN APUESTA, por Alex Steffen.

No llegaron a comprender completamente la técnica. En un corto período de tiempo, casi destruyen el planeta.” – palabras aparecidas a William S. Burroughs en un sueño.

El mundo en nuestras cabezas es diferente al existente bajo nuestros pies. Es difícil conciliar la idea del planeta en el nos creemos que vivimos con el planeta que realmente es.

Yo sé que para mí, el planeta todavía es incompresiblemente vasto. Quiero decir, realmente, he viajado bastante y el mundo es enorme. Imagínate atravesar andando un solo continente, se tardarían años. Vuela sobre el Pacífico a cientos de millas por hora y permanecerás hora tras hora tras hora con nada bajo tus pies que no sea sino un océano vacío. En un planeta tan grande, ¿puede ser tan grave nuestro impacto realmente?

Las cosas son diferentes a como parecen. Menos de la cuarta parte de la superficie terrestre soporta la mayor parte de la vida. El resto -las profundidades oceánicas, las cumbres de alta montaña, los desiertos y los cascos polares- no están totalmente exentos de vida. La vida es resistente, después de todo: extrañas formas de vida microbiana prosperan en las sulfurosas y calientes aguas de los volcanes subacuáticos, y múltiples variedades de algas, bacterias y virus se encuentran a lo ancho y largo del planeta. Pero es difícil ganarse la vida en un lugar donde la generosidad de la naturaleza consisten unas pocas bacterias moviéndose debajo de profundas capas de hielo. No, para nuestros propósitos tenemos un cuarto de planeta.

Y cada vez hay más y más de nosotros que lo compartimos. La población global se ha multiplicado de quinientos millones a más de seis mil millones sólo en los últimos cincuenta años. Números como éstos, abstractos y astronómicos, son difíciles de poner en perspectiva, así que hay algo en lo que pensar: algunos creen, según apunta Worldwatch, que ha nacido más gente desde 1950 que “durante los cuatro millones de años transcurridos desde que nuestros ancestros se pusieron de pie por primera vez”. Algunos demógrafos opinan que ahora hay más gente viva que gente ha vivido nunca, que por primera vez desde que bajamos de los árboles, los vivos sobrepasan a los muertos.

Y más gente se sigue apuntando a la fiesta. Nuestra población continúa creciendo. Vivimos en un planeta de adolescentes, preadolescentes y niños. Hay unos dos mil millones de personas menores de dieciocho años. Se dan grandes pasos en ralentizar el crecimiento de la población: educando a la mujer joven, proporcionándole oportunidades económicas y asegurándose que tienen acceso a técnicas de planificación familiar –las tres cosas que han demostrado ser las más efectivas a la hora de desacelerar la explosión demográfica-. Pero las probabilidades apuntan a que la mayoría de ellas querrán, como casi todos queremos, tener familia. Esto significa que incluso en los mejores escenarios probablemente habrá al menos ocho mil millones de nosotros de aquí a cuarenta y cinco años. Podrían ser catorce mil millones. Pero incluso si todo va bien, estaremos dando la bienvenida a otros dos mil millones de personas a la mesa del comedor global. Esto es el equivalente a añadir una nueva ciudad, mayor que Seattle, cada semana, cada año, durante los próximos cincuenta años.

Pequeño planeta. Mucha gente.

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Nuestro cerebro tiende a reaccionar, ante las implicaciones que conlleva tanta gente compartiendo un planeta pequeño, recurriendo a las matemáticas, a dividir la parte habitable del planeta entre el número de gente que queremos usarlo. Esto nos dará un indicador de cuál sería la porción justa que correspondería a cada uno de nosotros.

Para ser realmente justos, sin embargo, no deberíamos usarlo todo directamente. Nuestros hijos y nietos probablemente quieran comer, beber y respirar también. Así que deberíamos sólo tomar tanto como podamos mientras se permita a la naturaleza renovarse por sí misma.

Es como cuando la gente planea la jubilación. Ahorras dinero en un plan de pensiones y luego tratas de vivir de los intereses de las inversiones creadas. En este caso, nuestro “capital” natural es un regalo que hemos heredado simplemente teniendo la buena suerte de haber evolucionado en un planeta tan generoso. Y al usar ese capital, deberíamos dejar la suficiente naturaleza sin destrozar para que las futuras generaciones puedan hacer lo mismo. Deberíamos dejar a un lado el capital y vivir de los intereses.

Así que realmente no tenemos un planeta entero para usar. Ni siquiera tenemos un cuarto de planeta. Lo que obtendremos, si somos justos, es la porción de planeta que podemos utilizar, (sin destrozar tanto la naturaleza que nuestros nietos no tengan que arrastrarse marchitos por los metros de un mundo de cucarachas y malas hierbas), entre el número de personas que queremos utilizarlo.

¿Qué cantidad de naturaleza es eso por persona? Bueno, afortunadamente algunos ingenieros ambientales han hecho ese trabajo por nosotros. Han encontrado la manera de medir el impacto de nuestras vidas sobre el planeta, lo que ellos llaman “huellas ecológicas”. En un mundo justo y sostenible, (según los estudios de Matthis Wackernegel, que los expertos tienden a considerar bastante ajustadas, si no quizá un poquito optimistas), estas huellas ecológicas nos darían un resultado de aproximadamente unas 1,9 hectáreas por persona. En otras palabras, si dividiéramos la parte utilizable de la tierra entre la gente que la habita, cada uno de nosotros tendría que encontrar la manera de compaginar nuestras necesidades sosteniblemente dentro de la generosidad de casi dos hectáreas.

Desafortunadamente, ya estamos utilizando una media de 2,3 hectáreas por persona en todo el planeta. Para empeorar las cosas, la porción para compartir del planeta está decreciendo. Parte de esto es un resultado natural del crecimiento de la población: divide el planeta entre más gente y obtendrás una porción menor de tierra.

Pero la porción está decreciendo por otra razón: estamos gastando el planeta. Si cada uno tocamos a 1,9 hectáreas estamos utilizando 2,3. ¿De dónde viene la media hectárea extra? Del capital natural. Cada año cortamos más bosques, criamos más vacas, conducimos más kilómetros, generamos más basura – engullimos más materia y escupimos más basura -. Y desde que estamos engullendo y escupiendo más de lo que el planeta puede soportar de manera sostenible, el resultado es que cada año la naturaleza tiene menos que ofrecernos. Para empeorar las cosas, esta espiral parece que se está acelerando y el hueco entre sostenibilidad y realidad se está ensanchando.

Aquí también, los ingenieros ambientales con sus superordenadores se han puesto a trabajar y una de las cosas que han descubierto es bastante impactante: estamos ya utilizando entre el 40 y el 50% de la “red de producción primaria” de la tierra. Eso significa, para aquellos de nosotros a los que las matemáticas nos dan sueño, que los humanos están usando la mitad de toda la vida en la tierra – la mitad de las plantas, insectos, microbios y mamíferos sobre la tierra están siendo engullidos por sistemas destinados a alimentar nuestras necesidades -. Piensa en todo ser viviente que hay en el planeta como un río. Estamos desviando la mitad de ese río para satisfacer nuestras necesidades, actualmente.

Ésta es una descripción numérica bastante clara del problema fundamental, porque mientras estamos ocupados absorbiendo toda esa “red de producción primaria”, hay una gran masa de otras criaturas –desde salmones a tigres a pequeñas bacterias y escarabajos de los que nunca hemos oído hablar porque permanecen desconocidos para la ciencia- que no pueden obtener lo que necesitan. Bosques devastados, praderas sobrexplotadas, tierras de labor erosionadas, barcos de pesca esquilmando los mares, grandes cantidades de tóxicos en aire y agua saliendo de nuestras ciudades: nuestra actual sobreexplotación de la naturaleza está conduciendo a que las especies se extingan a nuestro alrededor.

Si las cosas siguen así, la mitad de las especies sobre la tierra habrán desaparecido para el 2050. Los biólogos llaman a esto La Sexta Extinción, como la de los dinosaurios solo que expandiéndose mucho más deprisa. Ésa es una manera de describir la época en la que estamos: no es la Edad de Oro, ni el Renacimiento, ni el París de los años veinte, pero al menos es pegadizo, la verdad. Sería un buen nombre para una banda de retro-soul punk: the Six Extinctions.

Así que, sea como sea, estamos viviendo de los ahorros. Pero un momento, que las cosas se ponen peor. Algunos recursos –como la energía solar - son renovables (es decir, no se agotan), mientras que otros –como el petróleo- no lo son. Desafortunadamente, nuestra sociedad depende de recursos no renovables. Esto no va a continuar por dos razones.

La primera es que la mayoría de estos recursos tienen unos costes medioambientales cada vez más graves –simplemente usándolos nos deja con menos capital natural. Quemar petróleo es cambiar nuestro clima. La minería deja más y más cicatrices ecológicas en el paisaje (una imagen horrorosa que cada persona en el planeta debería ver alguna vez, en foto, es la antaño preciosa isla del pacífico que conforma la nación de Nauru, cuyo suelo ha sido contaminado de fosfatos y se ha convertido en una roca inerte).

La segunda razón es que se está agotando. Probablemente ya hemos pasado el pico de la producción global de petróleo. Expertos de las compañías petroleras debaten si efectivamente se agotará en veinte años o en cincuenta, pero el punto esencial es el mismo: si tienes menos de cincuenta años, probablemente vivirás para ver el día en que el petróleo se haya acabado.

Mientras tanto, nuestra habilidad para quemar petróleo, sintentizar fertilizantes nitrogenados, producir pesticidas químicos, plásticos baratos y aleaciones, todo enmascara la limitada naturaleza de la renovación de los recursos naturales a nuestra disposición. Nos permiten llevar un estilo de vida que es a la vez más lujoso y más destructivo de lo que probablemente podríamos permitirnos con nuestras tecnologías actuales si dependiéramos exclusivamente de energías renovables.

De nuevo, nuestra analogía con la jubilación nos vuelve a ser útil. Si estás viviendo de los intereses, estás bien. Pero ¿y si tus deudas son mayores que el cheque que te pagan por tus intereses? ¿Qué ocurre si para cubrir esas deudas no empleas sólo tus intereses sino parte del capital? Bueno, pues al siguiente año, como hay menos capital, ganarás menos intereses. Si tus deudas al año siguiente son mayores aún, y tienes que profundizar aún más en tu capital, vas a tener menos intereses al año siguiente, y así sucesivamente. Pronto estarás atrapado en un círculo vicioso y encaminado a la bancarrota. Esta es una descripción bastante parecida a lo que está pasando con nuestro capital ecológico, excepto que la bancarrota al final de la espiral no termina en un asilo estatal, termina en un mundo de desiertos, hambre y un clima loco.

¿Hasta cuándo antes de que la espiral no tenga vuelta atrás y nos veamos atrapados en el asilo ecológico? Nadie lo sabe con seguridad, pero parece haber consenso científico en converger en una fecha que se sitúa aproximadamente dentro de unos 25 años: si no hemos parado la hemorragia del capital natural sobre el año 2030, puede que no tengamos más tiempo para elegir un camino diferente. Todos los estudiosos del tema parecen coincidir en afirmar que si no hemos cambiado profundamente nuestro impacto sobre el planeta para el 2050, estamos ciertamente perdidos. Como dice Dana Meadows, en una época en la que parece que desafiamos los límites de tantos sistemas naturales, el último límite parece ser el tiempo.

El planeta está encogiendo y el reloj sigue marchando: ¿qué hacer?

Hay cuatro respuestas usuales.

La primera, (me avergüenza decir que alguna gente todavía piense que es una opción), es que deberíamos “dejar que la naturaleza se haga cargo del problema”. Desafortunadamente todavía hay gente ahí fuera que piensa que aquellos de nosotros que estamos en la parte rica del planeta deberíamos fortificarnos, armarnos y dejar que el resto del mundo muera.

El plan de las muertes masivas no se discute tanto en los ambientes políticos liberales. Que incluso se haya llegado a pensar en ello – tras un siglo en el que hemos visto a los nazis, los campos de exterminio de Camboya y genocidios étnicos desde Armenia a Ruanda o a Bosnia- es asqueroso. Es como insinuar que un gran número de semejantes no deberían estar aquí, o puede que no sean capaces de sobrevivir.

La idea de drásticas reducciones forzadas de la población es horrible. La gente se espanta con razón cuando oye hablar sobre esterilizaciones forzosas, o los abusos de la política de hijo de único en China. Pero la idea de las muertes masivas, de reducir la población mundial por la simple conveniencia de dejar a millones y millones de personas morir de hambre y matarse los unos a los otros, cuando los podríamos haber salvado, es al mismo tiempo necia y perversa.

Es necia porque la gente moribunda y desesperada no es respetuosa con el medio ambiente, su futuro legado. Desesperarán y usarán cualquier recurso y herramienta a su disposición para sobrevivir. Alan Atkinson apunta: “Un mundo lleno de gente desesperada y empobrecida es un mundo vacío de peces espada, selvas tropicales y osos panda.” También es un mundo lleno de gente que quemará hasta el último resquicio de carbón, usará hasta el último spray y empuñará cada arma a su disposición. El medio ambiente global, del cual no nos podemos desligar, no soportaría una catástrofe humana masiva. Puramente en un nivel de interés propio, esta despreocupada indiferencia por el destino de nuestros congéneres es en último término estúpido.

Y es perverso, simple y totalmente equivocado, hacer algo parecido a nada para evitar la muerte, destrucción y sufrimiento que ya se está desarrollando en torno a nosotros y que hace empequeñecer el Holocausto. No hacer lo que podamos para evitar ese destino nos hace a todos cómplices en lo que podría convertirse en el mayor crimen de la historia de la humanidad.

No, necesitamos descartar todo ese discurso, todos juntos, para siempre. De hecho, como dice Bruce Sterling, deberíamos compilar dosieres con todos aquellos que abogan por la inacción para su uso en futuros juicios por crímenes contra la humanidad. Ahora mismo deberíamos estar pensando en qué debería hacerse para evitar la catástrofe que se aproxima.

La segunda respuesta más común es “volver atrás”. Algunos dicen que la respuesta a nuestros problemas emergentes se puede encontrar en un retorno a estilos de vida tradicionales. Creen que como la sociedad moderna e industrializada es claramente insostenible, la respuesta obvia es volver a la manera en que vivíamos antes de que la máquina de vapor y la mina de carbón ni siquiera hubieran sido imaginadas.

Cómo de lejos hacia atrás y bajo qué circunstancias es una cuestión de cierto debate en estos círculos. En un extremo encontramos defensores de cantinelas “neo-primitivas” que nos harían “volver al Pleistoceno” y acarician el sueño del día en que cacemos ciervos bajo puentes de autopista. En el otro extremo se sitúan los que argumentan que si simplemente retrocediésemos a un estilo de vida más parecido a las villas rurales preindustriales tendríamos muchas más oportunidades.

Hay dos enormes problemas con estas ideas. El primero es que no hay evidencia de que ninguna sociedad humana en cualquier rincón del planeta haya sido nunca verdaderamente sostenible. Nuestros más tempranos ancestros en su camino desde África con nada más que fuego y herramientas de piedra parecen haber hecho estragos en el planeta, ayudando a extinguir el mamut, el perezoso gigante, el rinoceronte lanudo y todo tipo de grandes aves corredoras. Nuestras familias estaban creando crisis ecológicas incluso antes de que se imaginaran que se podían cultivar semillas plantándolas en la tierra.

Y después de eso nunca ha ido mucho mejor. Nuestro planeta está diseminado de ruinas de civilizaciones agrícolas que sobrepasaron su nicho ecológico local y colapsaron. Desde los mayas a la media luna fértil, al río Yangtzé, las gentes de la antigüedad erosionaron sus tierras de labor y fracasaron.

Por supuesto, la sostenibilidad es en la práctica un término relativo. Nos las arreglamos para destrozar las cosas sobre cada cien años. ¿Podemos realmente juzgar una cultura que sobrevivió durante milenios antes de desaparecer?

Bueno, si nuestro objetivo es salvar nuestros pellejos hoy, sí. Porque hay otra razón por la que volver atrás no es una opción: la gente. Las culturas tradicionales se daban, según los estándares de hoy, en lugares más o menos homogéneos con suficiente espacio. Se podría tomar en su totalidad la población del mundo maya en su esplendor, dejarla caer en California, y apenas se notaría (ningún otro efecto que, supone uno, el resultado de la advertencia por parte de los políticos de derechas de que todos esos ídolos, pirámides y plumas quetzales estaban corrompiendo los tradicionales valores americanos).

La industrialización, específicamente el colonialismo industrial, cambió todo aquello. Cuando los europeos se expandieron y conquistaron el mundo a lo largo de los últimos siglos, llevaron con ellos un número de lo que debió parecer a ojos de los tradicionalistas una mezcla de bendiciones. Algunas de ellas incluyen la medicina moderna, incremento de la producción agrícola y el alcantarillado. El resultado, en cualquier caso, fue éste: en casi todo el mundo han sobrevivido más personas de lo que lo hubieran hecho en una sociedad tradicional, y esa gente ha tenido hijos, y esos hijos han sobrevivido y tenido hijos, y así sucesivamente, hasta que el mundo está, según los cánones tradicionales, atestado.

En un mundo semejante, una vida tradicional significa hambre, epidemias y guerra. Las granjas aradas con bueyes no pueden alimentar a ocho mil millones de personas. La leña cortada de los bosques no puede calentar su comida. La medicina tradicional no puede alejar las epidemias de la gente hacinada y pobre. Incluso si aceptamos la idea de que la vida era mejor en la Francia medieval o en Sumeria, simplemente somos demasiados hoy en día para vivir de esa manera.

Debo decir que esto no lo digo para menospreciar el valor de las culturas tradicionales. Deberíamos estar haciendo todo lo que esté en nuestra mano para conservar el arte, canciones, lengua, medicina, artesanía y el conocimiento ecológico sobre lugares concretos que las comunidades locales han desarrollado durante siglos. Estos logros son parte del legado de la humanidad. Pero las formas de vida que les dieron origen están cambiando, y el pasado no puede ser refugio para la humanidad.

La tercera respuesta más usual es que para vivir de una manera más sostenible simplemente deberíamos consumir menos. Debemos escoger el camino de la simplicidad voluntaria. La raíz de todos nuestros males es que estamos utilizando demasiados recursos en nuestro afán de vivir más prósperamente, por lo tanto, debemos rebajar las escalas un poco, abandonar cierta prosperidad, si queremos tener una oportunidad en alcanzar algún tipo de equilibrio con la naturaleza. Visto nuestro dilema, es la respuesta más clara y simple.

Desafortunadamente, como dijo HL Mencken, para cada problema complejo hay una respuesta clara, simple e incorrecta.

No me malinterpretéis. También debemos hacer esas cosas que rebajan nuestro impacto. Ayudan. Y nos enseñan algunas lecciones realmente importantes sobre las conexiones existentes entre nuestras vidas y el mundo natural. Debemos reciclar, reducir, reusar, abonar, conservar, tener plantas y caminar.

Pero no nos deberíamos engañar a nosotros mismos pensando que todo esto es suficiente, ni incluso que marcaría una diferencia profunda. Para empezar, la reducción del consumo como estrategia todavía no ha funcionado en ningún sitio. Incluso en esas ciudades verdes y progresistas donde reciclar es casi una religión, como Seattle, la cantidad de basuras sólidas que una persona genera cada año de media todavía se está incrementando. En mecas del ciclismo como el Área de la Bahía de San Francisco, la persona media todavía conduce más cada año. Incluso tras treinta años de ser educados en apagar las luces al salir de una habitación, el consumo total de electricidad todavía sigue incrementándose en todas partes del mundo industrializado.

¿Y deseamos realmente restringirnos tanto como para vivir de manera verdaderamente sostenible? Ciertamente no veo ninguna evidencia de que lo estemos haciendo. Crecí en comunas, he trabajado toda mi vida rodeado de ecologistas y me considero a mí mismo una persona muy eco-concienciada, pero sólo me he encontrado con unos pocos americanos que vivan de una manera verdaderamente sostenible, usando menos de su justa 1,9 hectárea. El resto de nosotros conduce coches, come comidas importadas, viaja internacionalmente y generalmente va por ahí estropeando el planeta más y más mientras intenta hacerlo bien. Y si nosotros mismos no estamos deseando vivir dentro de esos límites, ¿qué nos hace pensar que los demás lo harán?

Tampoco es tan sencillo como decir que el mundo desarrollado está lleno de glutinosa culpabilidad mientras que el mundo en desarrollo está ocupado por santos de la simplicidad. Como Manuel Castells nos recuerda, “cada ciudad del “Primer Mundo” tiene dentro de sí una ciudad del “Tercer Mundo” de mortalidad infantil, malnutrición, desempleo, enfermedades contagiosas y gente sin hogar. De la misma manera, cada ciudad del “Tercer Mundo” contiene una ciudad del “Primer Mundo” con centro financiero, moda y tecnología…”. O, como apunta otro informe [Jo’berg], “Las distinciones convencionales entre norte y sur son mecanismos diplomáticos engañosos. Al contrario, la división global atraviesa todas las sociedades, dando ricos globalizados y pobres locales”.

Ésta es una historia sin chicos buenos o malos claramente definidos. Tanto el Primer como el Tercer Mundo ahora viven a la vuelta de la esquina el uno del otro, mutuamente dependientes.

Esta cercana cohabitación de los dos mundos, de los ricos y los pobres globales, hace que rebajar nuestro consumo para lograr la sostenibilidad sea una posibilidad aún más remota. En todas partes del mundo, los pobres ven cómo viven los ricos, si no desde su ventana, por televisión. La gente que vive en chabolas puede comparar la calidad material de sus propias vidas con las de la gente que vuela sobre ellos en aviones.

Es muy difícil saber que alguien ahí fuera tiene coche, ordenador, una oficina cómoda y una casa en la playa, y no querer, a un cierto nivel, esas cosas también, o alguna versión de ellas que encaje con tus deseos. Uno puede encontrar gente que voluntaria y felizmente elige la pobreza cuando sabe que otros viven de una manera fácil y próspera, igual que también puede encontrar gente que traga espadas, tiene un pitch perfecto o puede correr los cien metros lisos en menos de diez segundos, pero no a muchos de ellos. La mayoría de nosotros, casi todos, no elegiría la pobreza.

Ése es el verdadero problema con la simplicidad voluntaria: depende de que todo el planeta, o al menos casi todo, se ponga de acuerdo espontáneamente para olvidar todos juntos las miríadas de placeres y tentaciones de la moderna prosperidad y vivir de una manera más simple y quizá más auténtica. Esto es lo que yo llamo el Evento de Conversión Universal Mitológica. No hay necesidad de decir que el Evento de Conversión Universal Mitológica todavía no ha llegado. Si tú todavía crees que va a llegar, está bien: yo no.

De hecho, todas las evidencias sugieren que está ocurriendo precisamente lo contrario. Lo que yo llamo el Efecto Vigilantes de la Playa ya ha tenido lugar (aunque de una manera más realista debería ser llamado el Efecto Bollywood en estos días).

Mientras es verdad que la huella ecológica media es de 2,3 hectáreas por persona (cuando debería ser de 1,9) algunos de nosotros tienen los pies más grandes que otros. Esos recursos no son usados de una manera igualitaria: el americano medio usa casi 10 hetáreas, el chino medio usa sólo sobre una y media, mientras que el paquistaní medio tiene sólo 6/10 de una hectárea.

Y no hay muchos adolescentes en el mundo clamando vivir como los paquistaníes. No, lo que los chicos quieren, desde Novosibirsk a Capetown y en todas partes en medio, es vivir como los americanos, o al menos como los italianos. Quieren estéreos. Quieren frigoríficos. Quieren coches. Quieren ordenadores. Quieren vidas mejores.

Todos los estudios sobre el consumo global que conozco confirman esto. Una de las realidades dominantes de nuestra especie es que una buena parte de nosotros justo ahora son niños, y esos niños han visto Los Vigilantes De La Playa (al menos metafóricamente), saben cómo viven los ricos entre nosotros, y quieren, si no eso, algo al menos mucho mejor de lo que tienen.

Cuando estuve en Río para la Cumbre de 1992, un sacerdote local trajo a un grupo de niños de la calle a uno de los cócteles ofrecidos para los dignatarios invitados. Si no recuerdo mal, cantaron una canción y él recogió donativos, y todos los diplomáticos y periodistas aplaudieron y volvieron a sus martinis. Una conversación que tuve con uno de estos niños me impactó: me encontraba perfilando una entrevista que había realizado esa misma mañana y una niña pequeña, que según me explicó el traductor había vivido en la calle desde que tenía memoria, me preguntó sobre el ordenador con el que estaba trabajando. Se lo mostré, y entonces me enseñó la posesión de la que se sentía más orgullosa: el cuaderno con el que estaba aprendiendo a escribir. Y sobre la portada de ese cuaderno había pegado una foto cuidadosamente recortada de una revista: una modelo de raza indeterminada, con un vestido blanco de lino ondulado por el viento, apoyada en el balcón de una gran mansión, miraba el mar azul. Estoy seguro de que era de algún tipo de anuncio. Le pregunté a la niña sobre ello a través del traductor. La niña sonrió tímidamente y replicó: “Es mi sueño”.

Puedes estar seguro de que cada uno de los mil millones de niños que ahora están creciendo tiene sus propios sueños.

Es un error pensar que los vamos a disuadir de conseguir sus sueños. También es un error pensar que nosotros deberíamos (la tierra donde el logro de la felicidad está escrito en sus documentos fundacionales) decirle a las dos terceras partes del mundo que vive en la pobreza: lo sentimos, algunos tipos blancos, la mayoría muertos ahora, establecieron un sistema consistente en que nosotros tenemos PDAs y spas, pero vosotros deberíais conformaos con una cabra y un pozo medio seco. ¿Dónde está la justicia ahí?

Es estúpido pensar que nos escucharán. Quieren vidas mejores. Quieren prosperidad. Esto, por supuesto no significa que quieran ser americanos. La mayoría de los niños coreanos, brasileños, argelinos y albanos quieren ser coreanos, brasileños, argelinos y albanos… con coches, ordenadores, ropas de moda y casas bonitas. En resumen, una gran parte de nuestros congéneres humanos son jóvenes, y ambicionan vidas mejores, y van a tratar de conseguirlas, no importa lo que hagamos.

Por otra parte, igual que la huella sostenible y justa es un objetivo cada vez más lejano (según usamos más y más naturaleza) también lo es la idea de prosperidad. La naturaleza de la riqueza está cambiando, y la mayoría del planeta la está observando cambiar a través de televisión. Cuando hace treinta años tener ropas nuevas, una casa razonablemente resistente, un buen jardín y algunos animales domésticos se consideraba verdadera riqueza, mucha gente que vive de esa manera hoy se considera pobre. ¿Cómo se sentirán cuando oyen que avanzadas técnicas médicas, disponibles sólo para los más ricos, pueden ofrecerte diez, veinte, incluso cincuenta años más de vida vigorosa (algo que los médicos ven a la vuelta de la esquina), o que millones de americanos comen dietas compuestas principalmente de carne o que te puedes ir de vacaciones orbitando alrededor de la Tierra? La prosperidad es un conjunto de objetivos variables, cuya diana inevitablemente suele la más lejana a ti.

No hay un cerrar de puertas tras de ti. Esperamos que la mayoría del planeta querrá vivir con un estilo de vida más cercano al nuestro –que actualmente consume diez hectáreas por persona- que al de los paquistaníes.

¿Cómo conseguimos esa prosperidad sin destrozar el planeta? Bien, la cuarta respuesta usual a nuestro dilema es saltar hacia delante y sortear el problema.

Según esta manera de pensar – por desgracia todavía la respuesta menos considerada entre la mayoría de los banqueros, políticos y periodistas – el verde sigue al oro. Esto es, la manera de lograr la sostenibilidad es enriquecernos primero. Al enriquecernos obtenemos el dinero para invertir en tecnologías más eficientes y menos perjudiciales ambientalmente, que en retorno te ofrece un medio ambiente más limpio. Hay incluso una descripción técnica de este proceso, conocida como la “curva ambiental de Kuznet”.

Este argumento sí tiene una aparente validez. Contado resumidamente, en el mundo desarrollado nos hicimos ricos básicamente excavando y bombeando fósiles de la tierra y quemándolos. La Era Industrial fue una época de chimeneas y maquinas de vapor, y nuestro liderazgo sobre el resto del mundo parte esencialmente del hecho de que conseguimos las máquinas primero y las usamos para que los demás hicieran lo que queríamos. Por el camino, decidimos que todo ese smog, hollín y productos venenosos estaban minando nuestra calidad de vida y aprobamos leyes prohibiéndolos (o al menos desviándolos a donde no nos molestara). Así que ahora somos comparativamente verdes, muy ricos, y extremadamente poderosos.

No nos sorprende que al resto del mundo no le guste este arreglo, y han procurado hacer todo lo que ha estado en sus manos para construir sus propias máquinas de vapor y chimeneas desde entonces. Todos los que creen en la teoría que el verde sigue al oro los han estado animando de buena gana a ello.

Desgraciadamente, el modelo que utilizamos para volvernos ricos no se puede reproducir más. Si cada uno en la Tierra siguiera el modelo occidental de desarrollo, necesitaríamos como entre cinco y diez planetas adicionales y no los tenemos. Como expone el informe Jo’berg del 2002, “No hay duda sobre la conclusión de que la creciente población mundial no puede alcanzar el standard de vida occidental siguiendo los caminos convencionales de desarrollo. Los recursos necesarios son demasiado grandes, demasiado caros y demasiado perjudiciales para los ecosistemas locales y global.”

Aquellos que creen en la panacea del crecimiento argumentan que esta idea, el modelo usado para hacer al norte rico, es irreproducible, es sólo una manera de tirar la escalera de mano detrás de nosotros. Lo que convenientemente dejan fuera de sus argumentos es la historia.

Aunque no pensamos sobre ello mucho, la riqueza de América es la razón principal por la que los europeos llegaron a dominar el mundo. La conquista, colonización y establecimiento en Norteamérica ofrecía los que algunos historiadores ambientalistas han denominado una vasta “extensión fantasma”. Los europeos, que para entonces ya habían cortado sus mejores árboles, cazados sus grandes animales de pieles valiosas, extraído la mayoría de sus metales preciosos y dejado sus suelos fértiles exhaustos, se encontraron en 1600 que poseían todos esos recursos en una abundancia que superaba su imaginación. No dudaron. Tomaron todo lo que pudieron, y había mucho de lo que apropiarse.

Antes de que Colón llegara al Caribe, se estima que había entre 18 y 40 millones de personas nativas viviendo en Norteamérica, la gran mayoría de las cuales murieron a causa de las enfermedades que se introdujeron el siglo o los dos siglos posteriores a que los españoles empezaran su conquista. Cuando en el s.XVI el noble español Nuñez Cabeza de Vaca naufragó junto a la costa de Florida e hizo el camino a pie y balsa con destino a México, la mayor parte de las noches durmió en aldeas indígenas, y rara vez andó fuera de un camino. América, como muchos historiadores han dicho, no era tanto una tierra virgen sino más bien una viuda.


El medio natural que Cabeza de Vaca atravesó tampoco estaba vacío. Noteamérica era el hogar de 10.000 osos pardos, cuarenta millones de ciervos de cola blanca, cientos de ríos con millones de salmones, tres millones de palomas, cinco millones de perros de las praderas (cuya casi erradicación cambió las tierras bajas de América para siempre: sin esos millones de patas amasando el lodo, la superficie se endureció, y el agua se concentró en inundaciones repentinas permitiendo que llegara la desertificación). Incluso tan tarde como en 1830, cuarenta millones de bisontes rumiaban en las llanuras. La lista podría continuar y continuar.

Y eso es sólo lo que sabemos que hemos perdido. Hay zonas enteras del país de las que sólo tenemos un puñado de bosquejos y notas en periódicos que nos den pistas sobre qué gentes y ecosistemas vivieron allí antes de los barriésemos de la faz de la tierra. Cuando pienso en la escala de esa explotación, tiendo a entumecerme. Como Wendell Berry escribió, “el pensamiento de lo que una vez hubo aquí y ha desaparecido para siempre no me abandonará mientras viva. Es como si andara metido hasta las rodillas en su ausencia”.

La riqueza natural, ese regalo único de la generosidad de todo un Nuevo Mundo, fue el combustible que construyó los grandes imperios europeos que siguieron. El mundo habla inglés, francés y español precisamente porque América tenía tantas pieles de castor, bosques antiguos y minas de oro. Y no hay ningún otro Nuevo Mundo de materias primas ahí fuera esperando ser encontrado.

Lo más cerca que tenemos es una especie de segunda “extensión fantasma”: el petróleo. Cada galón de gas que quemamos es un regalo único que para ser creado necesitó acres de plantas aplastadas bajo enorme presión durante miles de años. Cada vez que conducimos a una tienda estamos quemando helechos milenarios para llegar allí. Por supuesto esta “extensión fantasma” tampoco durará eternamente, ni la prosperidad basada en ella. Incluso si no nos preocupara en absoluto el medio ambiente, no quedan suficientes líquidos fósiles para que el resto del mundo pueda seguir nuestros pasos. Ni siquiera hay suficiente para que nosotros mismos sigamos viviendo de esta manera. El “modelo occidental de desarrollo” es uno e irrepetible.

Lo que necesitamos entonces es un nuevo modelo. Necesitamos un nuevo modelo que permita una prosperidad sin precedentes sobre una base sostenible, que permita a cada persona en el planeta enriquecerse y permanecer rico, al tiempo que curamos los ecosistemas planetarios. Necesitamos crear lo que algunos británicos llaman “one-planet livelihoods” que sean tan prósperos, tan dinámicos, tan atrayente que la alternativa de perseguir el antiguo modelo parezca simplemente estúpido.

Diseñar un modelo que conduzca a ese tipo de prosperidad sostenible representa un desafío épico. Pero todavía no hemos terminado. Porque ese sistema también necesita funcionar en el mundo real. Debe ser robusto y a prueba de choques.

Porque el mundo es un sitio duro en estos momentos. Dos mil millones y medio de personas no tienen acceso a la electricidad. Sobre el mismo número no tiene medios seguros de librarse de las aguas residuales. Sobre mil millones beben agua no potable. Sobre 1,2 mil millones no siempre tiene suficiente para comer, y al menos 840 millones sufren de hambre crónica y están tan sólo a una mala cosecha de la inanición masiva. La gente hambrienta no tiene fuerza para trabajar duro (los economistas calculan que entre 64 y 128 mil millones de dólares se pierden anualmente en el mundo subdesarrollado a causa de la malnutrición). Gente hambrienta es gente enferma (y la gente enferma se vuelve más pobre). Enfermedades comunes y evitables como la gastroenteritis infantil, mata cifras de millones cada año, y otras enfermedades se están volviendo endémicas en un mundo donde cientos de millones de personas no tienen ningún tipo de asistencia médica: tan sólo el SIDA está previsto que mate a unos 68 millones de personas para el año 2020, dejando 20 millones de huérfanos. Algunos países como Botswana y Zimbabwe, habrán perdido la mitad de su población para el final de la década. En medio de esta especie de holocaustos sociales, todos los demás servicios, especialmente la educación, decaen, y la gente ineducada (875 millones de personas son analfabetas, el 60% de ellas mujeres) es menos capaz de entender medidas de higiene, dominar nuevas técnicas agrícolas o participar en la democracia de ninguna manera significativa (allí donde existe la democracia). Para los mil millones de personas más pobres, la vida se ha convertido en una serie de círculos viciosos y trampas de los que no pueden salir. Y para los dos mil millones de sus vecinos, a quienes les va ligeramente mejor, esta pobreza crea inestabilidad, un peligroso paso atrás, haciendo cualquier progreso más difícil. Esto es parte del contexto en el que medio ambiente se enmaraña.

Con una creciente frecuencia, la inestabilidad ecológica desemboca en un completo caos. James Gasana, Ministro de Agricultura de Ruanda a principios de los noventa, habló de una cara menos conocida del pasado trágico de ese país en un artículo de la revista Worldwatch. Pensamos que el genocidio de Ruanda, donde al menos 800.000 personas murieron asesinadas, fue fruto de históricos e incontestables odios étnicos. Pero la realidad es que las llamas esos odios fueron avivadas por un fuerte viento: el hambre. Con un terreno principalmente montañoso y una población que había crecido de 1,9 a casi 8 millones en sólo cuatro décadas, el pequeño país simplemente no se podía alimentar a sí mismo. El genocidio pudo haber sido conducido por el odio, pero arrancó por el hambre, y las matanzas fueron peores en las comunidades que tenían menos para comer. Una dinámica similar se puede observar en Sudán, donde décadas de sequía han exacerbado los enconados conflictos tribales y religiosos en regiones como Darfur.

Pero no es necesaria una dramática inestabilidad ecológica para tener locas orgías de violencia. La última década nos ha mostrado que incluso en países donde las cosas parecen ir razonablemente bien, el caos se puede expandir rápidamente cuando está impulsado por hombres poderosos. Sarajevo era una de las ciudades más ilustradas y multiétnicas del mundo… y pocos años después yacía en ruinas, sitiada, rodeada de fosas comunes y campos de violaciones. Liberia era el gran éxito de la historia de África… y unos pocos años después un ejército de adolescentes drogados provistos de armas automáticas vagaban por las calles de su capital en trajes de boda y pelucas espantosas disparando a todo lo que se movía.

De hecho, gran parte del mundo está dirigida por asesinos, dictadores, mafiosos y señores de la guerra tribales, normalmente con beneficios sustanciosos. Como escribe Bruce Sterling, “Fuera (y algunas veces dentro) de las prósperas lindes del Nuevo Orden Mundial hay todo un extenso y miserable Nuevo Desorden Mundial. Incluye no sólo la humeante tierra de los Balcanes, sino también el Cáucaso, el sur de Asia Central, y asombrosamente extensos territorios africanos. Para el soldado típico del Nuevo Desorden Mundial, la etnia o la religión no son cosas por las que morir, son pretextos, útiles pretextos para derribar estados y subvertir policías y gobiernos. El caos resultante puede se estructurado para obtener dinero. Estos procesos a veces los comienzan revolucionarios idealistas, pero una vez que el desorden florece por doquier, sus doctrinas simplemente se pierden por el camino. Normalmente serán eliminados por subordinados más egoístas y prácticos.”

Una porción mayor del mundo es más pacífica, pero también se pudre bajo la corrupción. La deuda que estrangula a muchos países en desarrollo es en gran parte un legado de esa corrupción, voluntariamente encubierta por los bancos del Primer Mundo: estudiosos del desarrollo creen que uno de cada tres dólares cedidos como créditos para el desarrollo entre 1970 y 1990 acabaron en cuentas bancarias privadas secretas en lugares como Suiza y la Caimán. Algunos opinan que la cifra es mucho mayor, que si tenemos en cuenta las comisiones ilegales a banqueros, los acuerdos preferentes con corporaciones multinacionales, y una larga cola de oficiales locales y hombres de negocios llevándose su parte, es probable que sólo uno de cada cuatro dólares fuera efectivamente utilizado para construir algo (y lo que fue construido solía ser de mala calidad y desastrosamente inapropiado). El problema parece que ha agravado. Grupos globales anticorrupción, como Transparencia Internacional, han documentado una tendencia alarmante durante la última década: mientras desde la Guerra Fría algunos países convergieron en democracia y transparencia, en otro gran número ellos la fachada de democracia enmascara unos niveles de corrupción y tráfico de influencias que se aproximan e una cleptocracia abierta.

Tanto el caos como la corrupción hacen nuestro trabajo más difícil: tanto que cualquier nuevo modelo de prosperidad sostenible necesita no sólo tomarlos en cuenta, sino realmente trabajar para mitigarlos. Si la respuesta a nuestra crisis ecológica no lleva también a una mayor seguridad para todos, y ayuda a expandir la democracia y prácticas de gobierno y comercio abiertas, de hecho no es respuesta en absoluto.

Así que ahí estamos. Necesitamos, en los próximos veinticinco años o así, hacer algo que nunca ha sido hecho antes. Necesitamos rediseñar conscientemente todas las bases materiales de nuestra civilización. El modelo que la reemplace tiene que ser dramáticamente más sostenible desde el punto de vista de la ecología, ofrecer grandes incrementos en la prosperidad de cada uno en el planeta, y no sólo funcionar en zonas de caos y corrupción, sino ayudar a transformarlas.

Eso en sí mismo es una tarea de magnitudes heroicas, pero hay una complicación adicional: sólo tenemos una oportunidad.

Los cambios toman su tiempo, y tiempo es lo que no tenemos. Y hay un retardo entre elección y adopción. En la práctica, la inercia de lo que existe es masiva: el período de cambio de herramientas, incluso aunque las cosas estén cambiando rápido, es significativo, en muchos casos décadas. Incluso si universalmente, como especie, decidiésemos hoy cambiar completamente nuestras costumbres, todavía tendríamos que contar con las tecnologías y prácticas actuales mientras se establecía el nuevo sistema. Si todos nos pusiéramos de acuerdo para vivir de una manera más sencilla, abrazar nuestras mejores tecnologías actuales y compartir justa y sosteniblemente los recursos del planeta (para alcanzar las 1,9 hectáreas por persona), para el tiempo en que todos llegásemos allí nos habríamos excedido, porque durante esas décadas intermedias habríamos destrozado otra gran porción de los sistemas naturales del planeta, y puede que para entonces sólo tuviéramos, por decir, 1,5 hectáreas por persona. Así que de hecho, tenemos entonces que aspirar a vivir incluso con menos impacto, lo que no sólo es más difícil que lo acepte la gente, sino que lleva más tiempo para poder conseguirse, y para el tiempo que lleguemos allí, nuestro capital natural disponible estará aún más agotado, y tendremos que vivir de una manera aún más humilde, y así sucesivamente hasta que alcancemos la estabilidad en un punto donde el planeta estará profundamente cambiado y estaremos todos viviendo en el límite de la pobreza.

Todo esto significa que hay que proponer una respuesta que parta no del capital natural actual, sino de la pequeña porción del capital natural que presumiblemente dispondremos cuando cualquier cambio propuesto efectivamente se lleve a cabo. Cualquier transición requerirá de nosotros seguir haciendo las cosas como las estamos haciendo ahora por un cierto período de tiempo, mientras cambiamos las herramientas y rediseñamos, y entonces emplear gran cantidad de recursos reconstruyendo. Como ya estamos en déficit ecológico, y el déficit se está incrementando, no hay absolutamente ninguna razón para pensar que podemos intentar una cosa por un par de décadas, y entonces, si no funciona, probar otra cosa. El tejido vivo del planeta, una vez convertido a nuestros usos, nunca retornará, al menos no en miles de años. No hay reintentos en un planeta finito.

Hemos hecho una gigantesca apuesta aquí sobre el futuro de la especie humana. Los términos de la apuesta son éstos: podemos cambiar a un nuevo modelo, un modelo basado en un estándard de sostenibilidad mayor incluso que el que necesitaríamos hoy para adaptarnos a las 1,9 hectáreas por persona, pero que proporcione prosperidad a mil millones más, una prosperidad igual o mayor que la que hoy cuesta 10 hectáreas por persona. Y necesitamos hacerlo en 25 años. Y lo tenemos que hacer bien a la primera. Y el coste de perder es el planeta.

No me gusta esa apuesta. No creo que sea agradable hacerla. No creo que fuera necesario encontrarnos en esta posición: de hecho, creo que los líderes que nos han abocado a este trance son culpables de “crímenes cometido en nombre del futuro contra el futuro”, como dijo Robert Towne. Algunas veces me lamento por el mundo que podríamos haber hecho, si hubiéramos cambiado cuando estábamos más a tiempo, y me enfado pensando lo que ya hemos perdido.

Pero mi pesar y furia no importan una pizca. Estamos comprometidos, tanto si nos gusta como si no. Ya hemos puesto todas las fichas en la mesa. Hemos apostado el planeta. Se han repartido las cartas. Tenemos que jugar nuestra mano lo mejor que podamos. Necesitamos, inmediatamente y sin reserva, convertirnos en los más inteligentes, mejores y más atrevidos jugadores en la historia de la humanidad.

Si ganamos la apuesta, lo ganamos todo: un futuro con potencial infinito y un planeta sobre el que merezca la pena vivir. Si ganamos la apuesta, hay razón para creer que H.G. Wells estaba en lo cierto y que “todo el pasado no es sino el principio del principio, todo lo que la mente humana ha logrado no es sino el sueño antes del despertar”.


Alex Steffen y los que opinan como él, dedican muchos esfuerzos a proponer soluciones. Según ellos, las herramientas, modelos e ideas para construir un futuro mejor ya están aquí. Mucha gente está trabajando en herramientas para el cambio, pero los campos en los que trabajan permanecen desconectados.
Abogan por la coordinación e implantación de todo tipo de nuevas tecnologías, baratas y ecológicas, directamente en todas las partes del mundo como motor de desarrollo, desarrollo que nunca puede desligarse de la justicia y los derechos humanos.
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